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Alzheimerofobia y la pérdida de memoria de las personas mayores:

Dos problemáticas distintas

José Manuel Martínez Lage *  

La enorme tarea de divulgación sobre la enfermedad de Alzheimer, tan caudalosamente realizada en los últimos diez años por parte de los médicos, científicos y medios de comunicación y la tan loable labor de concienciación ciudadana, apoyo a los pacientes y a sus íntimos parientes, llevada a cabo por las Asociaciones de Familiares de Enfermos que sufren esta pavorosa afección, han traído consigo un enorme beneficio en la atención sanitaria, asistencia social y conocimiento de los mecanismos de esta enfermedad. En los medios científicos más reputados reina un optimismo realista respecto a la conquista biomédica de este proceso morboso en los próximos cinco o diez años (ver J. M. Martínez Lage. Alzheimer: diez años de progreso. Ars Médica. Revista de Humanidades 2002; 2:203-213)

Este sacar a la calle la enfermedad de Alzheimer produjo otros efectos sociales y lingüísticos llamativos: en primer lugar una elipsis gramatical omitiendo la palabra enfermedad y haciendo nombre común al apellido de manera que perdió su mayúscula inicial (ver J. M. Martínez Lage. Los retos de la enfermedad de Alzheimer. Diario ABC, 21 de septiembre, 1995). El alzheimer comenzó a escribirse así en artículos y crónicas periodísticas y aún en sesudos editoriales de revistas médicas y de publicaciones para el gran público. Yo ya lo escribo aisladamente con minúscula pero mantendré la mayúscula del apellido si va precedido del genérico enfermedad.

Ante una leve y ocasional dificultad de memoria se oye decir a gente joven adulta en las cafeterías o en los domicilios ¿será que empieza el alzheimer?. En tertulias radiofónicas o televisivas se habla despectivamente de que fulano o fulana “ya está con alzheimer”, expresión que se ha elevado a categoría de insulto. Estoy seguro, y tengo sabrosas pruebas de ello, que mucha gente no sabe que el alzheimer se llama así porque el Dr. Alois Alzheimer, gran neuropsiquiatra alemán, describió y descubrió esta enfermedad hace casi cien años.


El temor angustioso y obsesionante de sufrir enfermedad de Alzheimer en las personas adultas: la alzheimerofobia

Cuando alguien siente una apasionada y enconada aversión hacia algo decimos que tiene una fobia. En términos médicos se habla de fobia específica o simple al temor marcado y persistente ante un objeto concreto o una situación muy precisa. Por ejemplo, viajar en avión por temor a que se estrelle, ante un perro por miedo a su mordedura o a montarse en un coche por sentir horror a que choque, etc., etc. Las fobias son una variedad de los trastornos de o por ansiedad.

Hace unos cuantos años surgió la “cancerofobia” o miedo patológico e infundado a padecer cáncer.

Es más reciente, claro está, que acudan a nuestras consultas personas de alrededor de 40 años de edad que, tengan una memoria feliz o presenten dificultades para recordar nombres, citas, números de teléfono o encargos, están completamente convencidas –y sufren angustiosamente por ello- de que padecen alzheimer. Esta situación la vemos sobre todo en sujetos que tienen antecedentes de enfermedad de Alzheimer en sus familias y en los que han cuidado a enfermos de este tipo, sobre todo en la fase de duelo tras su muerte. John Bayley, viudo de Iris Murdoch que falleció a causa de alzheimer (ver el elogio lírico que de ella hizo en J. Bayley. Elegía a Iris. Alianza, Madrid 1999) escribió que “un cuidador de un enfermo con alzheimer tiende con el tiempo a imitar los síntomas del paciente”. No creo exagerado calificar esta situación como “alzheimerofobia” por rechazo que produzca el neologismo.

No obstante, a las personas que nos expresan tales temores y tales síntomas les atendemos con todo esmero, cariño y ciencia poniendo a su servicio toda nuestra experiencia. En concreto:

   a) Recogemos detalladamente su historia clínica completa.
   b) Realizamos un examen físico general y neurológico.
   c) Hacemos una valoración neuropsicológica de sus funciones cognitivas adecuada
       al caso.
   d) Si está justificado, aconsejamos análisis y pruebas diagnósticas paraclínicas
       pertinentes.
   e) Si lo vemos oportuno, recomendamos consulta con un médico psiquiatra.
   f) Si no objetivamos déficits cognitivos, dejamos la puerta abierta a una consulta
      ulterior pasados seis meses o un año.


La justa preocupación ante la pérdida de memoria de las personas mayores

Los neurólogos y otros colegas médicos hemos emprendido en los últimos años una campaña para alertar a las personas mayores que notan, ellos mismos o sus familiares, que su memoria se va debilitando. La razón de la misma es bien clara: en un buen porcentaje de casos tales síntomas de pérdida de memoria están marcando el inicio o los pródromos de una enfermedad de Alzheimer. El interés médico de diagnosticar eficientemente esta situación radica en que un buen diagnóstico es la base de un buen tratamiento, sea éste de tipo medicamentoso, sea de estimulación cognitiva o bien de tipo mixto. La campaña tiene dos riesgos importantes que hemos de saber evitar: uno es de tipo ético, ¿tenemos derecho los médicos a inquietar a familias y personas mayores con un diagnóstico de sospecha de enfermedad de Alzheimer?; el otro es el peligro social de originar una hipocondriasis colectiva en la población mayor y su entorno ante pérdidas de memoria banales causadas por el propio envejecimiento. Para evitar el primero la solución está en adaptar nuestra praxis a las reglas y principios de la Deontología Médica. Para esquivar el segundo la clave es formar, informar y educar la opinión pública sobre tales cuestiones.


Lo que hay que saber sobre la pérdida de memoria de la gente mayor

Insisto, en esta época de fervor alzheimeriano, estando semanalmente el alzheimer en los telediarios y titulares de los periódicos, puede producirse un aluvión de consultas en atención especializada en las que las personas mayores o sus allegados busquen cómo se puede envejecer conservando la memoria. Cuando estalla la noticia de un nuevo avance en el diagnóstico y prevención del alzheimer, llega una avalancha de gente a los consultorios pidiendo ser favorecidas con los últimos progresos.

Por otra parte, hay que decir con claridad que la inmensa mayoría de los médicos mayores de 50 años no recibieron ni en las facultades de medicina ni en los hospitales de especialización una preparación adecuada en geriatría y mucho menos en neurogeriatría. Con lo cual, los sufridos colegas de atención primaria -única solución para resolver los problemas que estoy afrontado de manera eficaz y operativa- caen en el desconcierto y la decepción. Por eso voy a plantear a continuación una estrategia práctica de actuación ante el sujeto mayor que pierde memoria.

Me voy a ceñir a un artículo publicado hace un año por una autoridad en la materia (ver G. W. Small. What we need to know about age related memory loss. BMJ 2002; 321: 1502-1505). Quienes deseen consultar más ampliamente el tema son remitidos a una previa publicación del autor (ver J. M. Martínez Lage. Memoria, vejez y la controvertida etiqueta diagnóstica de leve deterioro cognitivo. En Alzheimer 2002: teoría y práctica. JM Martínez Lage, M Berthier (eds). Aula Médica, Madrid 2002, pp. 37- 68)


Definiciones

A partir de los 65-70 años aumenta nuestra probabilidad de que iniciemos una pérdida de memoria. Lo expresa con gracia el gran Mingote en este chiste:


La expresión más frecuente de este fenómeno causado por el simple envejecimiento es la autopercepción de que a uno le falla la memoria en los asuntos más simples de cada día. A esta situación, dentro de mi grupo de trabajo, le llamamos “quejas subjetivas de memoria”. Si nos sometemos a un test de memoria estandarizado, comprobamos que puntuamos por debajo de lo que lo hacen nuestros congéneres adultos jóvenes. Se calcula que esto es lo que le ocurre al 40% de las personas mayores de 65 años. Sin embargo, solo un 1% cada año de los que nos encontramos en esa situación va a caer en un estado de demencia.

Lo que ahora se llama “deterioro cognitivo ligero” (abreviadamente DCL) es una condición más seria porque el déficit de memoria, aunque no repercute en lo que hemos de hacer cada día, queda patente en los tests de memoria con respecto a los demás de la misma edad. Esta situación de DCL aparece en el 10% de las personas mayores de 65 años y, de ellos, casi el 15% desemboca cada año en alzheimer.


Valoración

Si usted tiene una pérdida de memoria que, tras los oportunos tests, se diagnostica como DCL ha de saber en la medida que quiera saber o a tenor de lo que sus familiares deseen conocer que las cosas pueden ir a peor en los meses venideros.

He escrito en negrita tras los oportunos tests neuropsicológicos porque si estas pruebas no se realizan, es imposible diagnosticar DCL. No basta con hacer un examen mini de la función cognitiva (lo que se llama abreviadamente MMSE). Hay que recurrir a otras baterías que han de aplicar neuropsicólogos especializados.

Soy muy partidario de poner al alcance de todos pruebas que den tranquilidad o causen la necesaria preocupación ante los problemas de memoria de la gente mayor. Una de las más útiles es la que se conoce como “tarea de listas de palabras” y que reproduzco porque en algunos casos puede aclarar situaciones de duda y conducir a caminos correctos.



PÍDALE A LA PERSONA CUYA MEMORIA QUIERA VALORAR QUE SE FIJE EN LAS DIEZ PALABRAS ESCRITAS A CONTINUACIÓN DURANTE UN MINUTO, TIEMPO QUE USTED CONTROLA DEBIDAMENTE. PASADO ESTE TIEMPO RETIRA LA LISTA DE SU VISTA:

SUCIO
GALERÍA
LIMÓN
CHALECO

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SERPIENTE
BULTO
MANTO
CODO
CAFETERA

PASADOS 20 MINUTOS, LE PIDE A LA PERSONA QUE ESCRIBA TANTAS PALABRAS COMO RECUERDE DE LA LISTA QUE ANTES EXAMINÓ. SI NO RECUERDA AL MENOS CINCO PALABRAS DE LA LISTA, HAY UN PROBLEMA DE MEMORIA QUE MERECE CONSULTA MÉDICA APROPIADA.



Tratamiento

Todavía no hay un tratamiento medicamentoso aprobado para los casos de DCL pero se confía en que tanto los anticolinesterásicos (donepezilo: Aricept®; rivastigmina: Exelon®, Prometax®; galantamina: Reminyl®) como la memantina (Axura®, Ebixa®) van a ser autorizados en los próximos meses para tratar esta condición, de manera aislada cada uno de ellos como en combinación anticolinesterásicos con memantina.

El ácido fólico y las vitaminas B6 y B12 pueden ayudar en esta situación pero han de administrarse bajo supervisión médica.

Hay que eliminar factores de riesgo y promover factores de protección:

Normalizar las cifras de tensión arterial, azúcar, colesterol, homocisteina e insulina en la sangre, combatir la obesidad, realizar actividades intelectuales (juegos de mesa, crucigramas, lectura), llevar a cabo ejercicio físico diario (caminar), alimentarse con pocas grasas y pocas calorías, comer frutas, vegetales, beber seis vasos de agua cada día, no fumar y no sobrepasar los tres vasos de vino diarios.
 

*Profesor y Consultor de Neurología, Unidad de Trastornos de Memoria,

Clínica Universitaria. Universidad de Navarra, Pamplona

Correo electrónico: jmmarlage@unav.es